El Basural / The Landfill

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Un pequeño reino se levanta mudo a las faldas del cerro del bloque 11 de Bastión Popular en Guayaquil. En él, un contenedor metálico, algo viejo y oxidado, se transforma en el majestuoso castillo donde las ratas reinan y los insectos, con sus cantos, componen el cortejo real de esta democracia putrefacta y nociva. Al palacio lo rodea, cada mañana, una delgada sabana blanca producto de las tempranas lluvias de esta temporada. Tras ella, este pequeño mundo se esconde, avergonzado; tratando inútilmente de no llamar la atención de los forasteros curiosos que a su paso miran con antipatía y desdén al fructífero país. El hedor, inherente al sitio, toca una desentonada melodía que a nadie agrada; todos cubren sus narices al pasar frente a este lugar.


En ocasiones este botadero de basura se alza imponente sobre el mundo gritando a los cuatro vientos su existencia; otras veces, simplemente, esconde su cabeza bajo la suciedad y el mal olor.


El basural parece también toda una “empresa” en la cual hay personas que cada día juegan un rol distinto pero importante. Víctor, de 34 años, es el encargado de mantener el lugar en “orden”; busca el espacio adecuado donde separar todos aquellos materiales reciclables que llegan al botadero. Rolando es el encargado de hacer el trabajo “sucio”; él se introduce dentro de este contenedor metálico verde perteneciente a la empresa Vachangnon (empresa de recolección de basura de la ciudad en el 2010) y ya dentro de éste, remueve la basura en busca del preciado bien enterrado bajo escombros, animales muertos, heces fecales y toda clase de desperdicios, líquidos y sustancias grasosas, amarillentas y grises que al mezclarse producen un repugnante hedor. El “Wisho”, personaje serio y que parece ser el mayor de todos aquellos que “trabajan” en este botadero cumple la función de “control de calidad”; recoge los materiales reciclables que  Rolando lanza desde el interior del contenedor de basura, los limpia y los ubica en el lugar que Víctor especificó.


El basural se convierte entonces en un escenario cuyo telón se abre muy temprano en la mañana y en él se representan variadas temáticas y cuadros que cambian constantemente  con el pasar de las horas.


Este botadero es el medio que algunas personas utilizan para sacar algo de dinero, pero vivir rodeado de desperdicios, mal olor y falta de higiene nunca fue una opción para quienes no tuvieron la oportunidad de estudiar o conseguir una “buena palanca” en alguna compañía. En la Constitución del 2008 en el numeral 5 del artículo 326 dice “Toda persona tendrá derecho a desarrollar sus labores en un ambiente adecuado y propicio, que garantice su salud, integridad, seguridad, higiene y bienestar” declaración que se convierte en una ironía frente a la realidad de esta cloaca.


Según estadísticas de la RENAREC (Red Nacional de Recicladores) para enero del 2009 había cerca de 50.000 familias al nivel nacional dedicadas a la labor del reciclaje; al interior de las cuales dos miembros de cada una de ellas se dedican a esta actividad. La realidad es desesperanzadora aún más cuando Rolando, manabita de 35 años, nos cuenta que sólo pudo llegar a estudiar primaria porque los recursos económicos de su familia no le permitían seguir el colegio y en la actualidad volver a las aulas le parece un chiste.

Como él, la mayoría de las personas que se dedican a esta actividad en el Ecuador no han terminado sus estudios primarios y son muy pocos los que han alcanzado el colegio, reduciendo aún más la posibilidad que tendría alguno de ellos de ingresar al campo laboral formal.


El día finaliza y Rolando, después de una larga jornada de trabajo en medio de los desechos que otras personas dejan en este botadero, no se siente recompensado; él sólo gana de 8 a 10 dólares diarios por la venta de plásticos, cartón y cobre que logra recolectar para vender a REIPA, una de las firmas de la compañía de reciclaje Intercia S.A. Pero la situación de Rolando no es tan grave comparada a la de Jorge cuyo monto diario varia de 1.75 hasta los 10.00 dólares, si el día es bueno, teniendo que alimentar a una familia de seis personas compuesta por su esposa, tres hijos y una nieta.


El botadero es también la cuna de grandes desilusiones. El aspecto nauseabundo del lugar es, tal vez, el causante de las miradas y expresiones de asco y rechazo por parte de aquellos que pasan frente a este lugar en autos o buses o por el contrario, las diferencias de clase de una sociedad donde la apariencia y la estética son de suma importancia y el basurero  es sólo este hueco donde se entierran las vergüenzas y se olvidan los problemas.


El olvido no sólo viene de la sociedad en general si no de aquellos por quienes una vez votamos para que, según nosotros, velen por los derechos de los más desposeídos.


En la actualidad no hay ley que regule los precios de los materiales que se reciclan y que luego son vendidos. Conscientes de esta realidad el  12 de diciembre del 2008, en la ciudad de Cuenca, 18 organizaciones de recicladores de diferentes ciudades del país conformaron la RENAREC, en su afán de buscar tratos más justos con las compañías que compran sus productos y demostrar que son entes de producción y no un problema social.

   

Con su representante a la cabeza, María Llanes, la RENAREC y otras organizaciones sociales que buscan un mismo fin han mantenido reuniones con representantes del gobierno y, además, han hecho propuestas en beneficio de este sector, entre las cuales resalta la creación de una ley que regule los precios de los productos que se reciclan. “Los precios de los materiales cada vez bajan más y eso significa que los ingresos para las familias son cada vez más reducidos” dice Yolanda Bueno, directora de la fundación Alianza en el Desarrollo de Cuenca en una entrevista a un diario local.


Rolando solía trabajar en una camaronera; fue lo más cercano que estuvo de un trabajo bien remunerado, pero al mismo tiempo, uno que le exigía bastante desgaste físico. Esto pasó hace seis años, antes de que lo despidieran porque lo encontraran borracho. Su vida cambió drásticamente desde aquel entonces; un día se vio en la calle, sin trabajo y con hambre. Buscó empleo a través del periódico pero no lo encontró, finalmente decidió lanzarse a la inmundicia esperando poder encontrar su sustento diario. Él recuerda que al inicio le daba vergüenza que la gente lo viera rebuscando entre la basura, pero con el tiempo se acostumbró; no sólo a lo que la gente podría decir sobre su trabajo sino también al ambiente al que se encuentra expuesto cada día.

 

“Después de 6 años de vivir entre la basura uno se acostumbra al olor “, dice.

 

La salud de Rolando se ve expuesta cada día cuando manipula con sus manos objetos contaminados, cuando aspira este aire pernicioso, cuando al dormir se ve enfrentado a insectos y roedores que pululan por el lugar. Pero esto a él no le inquieta, lo que sí le inquieta es el no poder entender por qué gana tan poco si ahora trabaja más. Por qué ahora no cuenta con un seguro médico si su exposición al peligro es constante. Por qué nadie se preocupa si él es parte de aquel grupo denominado “los más necesitados”.

 

Las leyes deben concretarse, pero hasta que esto ocurra, el basural seguirá en el mismo lugar, siendo gobernado por ratas y musicalizado por los insectos; llenándose de desperdicios cada mañana para en la tarde aparecer vacío y limpio, cerrando de esta manera el telón y esperando la mañana siguiente para así, iniciar una nueva función.

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