Los Funerales De La Mamá Grande

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Publicado en 7 octubre, 2016
“Nunca existió una buena guerra ni una mala paz.”Benjamin FranklinEl pasado 2 de octubre, Colombia dijo no a la paz, paralizando de esa forma la posibilidad de poner fin a una guerra que se alarga ya 52 años dejando más de 220.000 muertos y cerca de 7 millones de desplazados. Sin lugar a dudas, son numerosas las causas detrás de tan incomprensible resultado, y todavía hoy, pocas las razones que permiten llegar a comprenderlo.De nuevo Colombia se divide ante la violencia, pero esta vez lo hace por la vía democrática ante un plebiscito para ponerle fin. Una consulta al pueblo en donde de los 34.899.945 millones de habitantes llamados a ejercer su voto, apenas participaron 3.010.762  colombianos que finalmente con un 50,22 por ciento decidieron no respaldar el Si. Frustrando con ello, lo que para muchos parecía suponer un mero trámite ante el acuerdo de paz logrado entre el Gobierno y la guerrilla de las FARC.Se equivocaron los que así lo pensaban, y probablemente se equivoco también el gobierno de Juan Manuel Santos al apresurar una consulta popular que contaba con no pocos enemigos entre los sectores más espurios de Colombia. Sectores de la derecha que todavía hoy, ven en la guerra y en el sustento de bastas extensiones de su país en un limbo de ilegalidad, una forma rápida para enriquecerse.De poco sirvió el apoyo a la paz de las diversas organizaciones de víctimas, ni el tímido respaldo de la comunidad internacional al proceso. En una sociedad colombiana muy falta de democracia y demasiado acostumbrada a la violencia, triunfó por encima de todo el discurso del No. Apoyado en gran medida, por quienes intentaron esconder en la petición de reparación y justicia, sus sentimientos de venganza personal.Desde quienes veían en el apoyo al acuerdo una concesión al castro-chavismo, esa gran muletilla que sirve para todo en la derecha sudamericana, hasta quienes como la Iglesia Cristiana Evangélica, veían en el proceso de paz una amenaza a la familia tradicional por parte de una comunidad LGTB a la que los acuerdos alcanzados simplemente intentaban dignificar en un país como Colombia; en donde entre 2013 y 2014 se produjeron 164 asesinatos dentro de este colectivo, la campaña del No se ha movido en términos de miedo e impunidad. Miedo a la aparente entrega por parte del gobierno de Santos de las instituciones democráticas a los ex guerrilleros y una supuesta impunidad de los mismos por sus crímenes. Temor que uno podría identificar fácilmente como falso, con simplemente comprobar que en los mismos acuerdos se estipulan penas de hasta 8 años de trabajo comunitario para los guerrilleros que admitan sus crímenes y reparen inmediatamente a las víctimas y de hasta 20 años para aquellos que pese al proceso de paz, decidan intentar evadir los actos cometidos. Poco o nada se hablan en el sector del No personajes como Álbaro Uribe, investigado por narcotráfico; o Santiago Vélez, relacionado con crímenes perpetrados por los 12 Apóstoles, de la realidad que subyace tras gran parte del conflicto colombiano. Una realidad que dramáticamente atribuye el 53% de la tierra aprovechable del país a apenas 2300 personas y que se encuentra como fondo de una lucha permanente por la tierra. Un lucha, sustentada en grupos paramilitares que han cometido a lo largo de la historia de Colombia, numerosas violaciones de los derechos humanos al servicio de una burguesía terrateniente y ganadera que no parece todavía estar dispuesta a ceder los 10 millones de hectáreas que el proceso de paz contempla deben ser entregadas a los campesinos afectados por los desplazamientos forzosos y que en la actualidad continúan sin tener acceso a la tierra. Parece que muchos de los políticos colombianos que representan o forman parte de esa oligarquía, se encuentran más temerosos por el traslado del conflicto armado al campo político e ideológico de lo que demuestra estarlo la propia guerrilla. Guerrilla que pese a la negativa del parte del pueblo colombiano, ha decidido en palabras del propio Timochenko, seguir apostando por un camino a la paz que parece ya irreversible.Es el momento de sentarse en una nueva mesa de negociación en donde las FARC, el gobierno y los sectores uribistas, se replanteen diversos puntos de una resolución de 297 páginas donde pueden existir desacuerdos, pero donde no se debe dar pie a una involución escudada en el tacticismo político, basado en intereses personales o económicos. Resultaría tan absurdo pensar que la guerrilla va a dejar la selva para dirigirse directamente a la cárcel, como lo sería negarse a escuchar los planteamientos de una parte de la población colombiana que ha decidido ejercer su negativa con ese primer pacto tal y como lo estipularon el gobierno y las FARC.Existe esperanza en Colombia para poner fin al conflicto y reside en la capacidad de dialogo de la sociedad durante el nuevo plazo dado por Juan Manuel Santos, hasta el próximo 31 de Octubre, para mantener la paz. Tras eso, tan solo el pueblo colombiano debe poder responder definitivamente a si como se preguntaba el líder guerrillero “Timochenko” continuará la guerra en Colombia.

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