Por Consiguiente, Felipe

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Publicado en 4 octubre, 2016

Pareciese de nuevo desatarse el Ferraz una crisis sistémica, que ha acompañado al partido socialista a lo largo de su ya dilatada trayectoria en la política española.Una crisis con muchas caras, demasiados nombres y no pocos frentes, pero en definitiva, una crisis intrínseca en el propio partido socialista y por extensión en la democracia de nuestro país.La batalla por el poder que la pasada semana se desataba en el seno del partido socialista, bien podría ser la continuación de un conflicto interno tan viejo como el propio PSOE. Desde la expulsión de su fundador en 1872, hasta la crisis interna que ha desembocado en la renuncia de Pedro Sánchez a su proyecto, el Partido Socialista Obrero Español ha vivido un sin fin de batallas fratricidas entre quienes veían en su propio partido un medio para cambiar a la sociedad capitalista y quienes tan solo buscaban al calor del partido, ofrecer un contrapeso a las ideas más reaccionarias de una derecha española que en definitiva siempre ha visto en el PSOE un mal menor de la izquierda de este país.Desde Largo Caballero y su apoyo a la dictadura de Primo de Rivera, hasta el enfrentamiento entre los sectores más conservadores del partido encarnados en Almunia, y el aperturismo progresista de Josep Borrell, la historia del PSOE parece dividirse en una continua dicotomía entre conservadores que dicen ser socialistas y socialistas que por desgracia militan en un partido a todas luces conservador.Ignoraba Pedro Sánchez la historia de su propio partido a la hora de dar rienda suelta a su ambición, pareciendo desconocer que el pacto con una fuerza de la “nueva izquierda” como Unidos Podemos, supondría para los barones de Ferraz un precio demasiado alto para llegar a la Moncloa. Olvidaba el líder socialista que el propio sentido de su partido no era el de reforzar un gobierno del cambio, sino por encima de todo, se trataba de apuntalar un sistema de contrapoderes que el PSOE había ayudado a crear y sin el que ahora, su supervivencia electoral sería meramente inviable.Pedro Sánchez se enfrento llevado por su ego a la política de todo para el pueblo pero sin el pueblo del PSOE. El madrileño no había sido el candidato de Ferraz, ni el del ibex, lo que en definitiva sería lo mismo, había sido el candidato de las bases y al final del proceso un mal menor en una batalla por el poder que podríamos haber resumido en un simple todos contra el loco de Tapias. Sánchez suponía para la vieja guardia socialista el mismo tipo de parche que el propio PSOE supone para la derecha: una especie de bálsamo ante la izquierda que desde su partido denominan populista. Cuando ante la perspectiva de convertirse en presidente del gobierno, Pedro Sánchez obvio las claras advertencias que le instaban a cesar en la negociación de un gobierno alternativo, para abstenerse ante una futura investidura de Mariano Rajoy, de nuevo estallaron las viejas tensiones en el Partido Socialista.Fue entonces cuando como si por el no pasasen los años, Felipe González volvió a tomar las riendas de su partido, para en un fugaz golpe de mano, desenmascararse al fin; ya sin ambages, como el verdadero rey sol del Partido Socialista. El viejo jarrón chino irrumpió en la vida política de Ferraz, para como en ocasiones anteriores, desacreditar a la voz de la militancia y a su candidato por un supuesto bien mayor para el parido.Si siempre pudimos sospechar que en la crisis entre Almunia y Borrell, González y El País supusieron la punta de lanza de una trama que terminó por forzar la dimisión del que era el candidato de las bases socialistas a presidente del gobierno. De nuevo la historia repetía, pero esta vez con mayor claridad, sin cortapisas. Quién sabe si debido a que la generosidad de su burguesa silueta, ya haya hecho empequeñecerse hasta el propio ridículo la chaqueta de pana del viejo Isidoro o si en su propia evolución ideológica González ya no considere necesario los ambages en su discurso. Esta vez el respaldo del ex presidente socialista a las posturas más retrogradas y conservadoras de su partido ha sido cristalino.Poco o nada queda ya de aquel joven socialista que conseguía en 1982 su primera mayoría absoluta con el apoyo de 10 millones de españoles que creyeron en aquel proyecto que decía quería cambiar España. El de la sanidad y educación para todos, un proyecto que nos llevo a Europa y a la OTAN, y quién sabe sin en ese mismo momento comenzó a desmoronarse ante su propio éxito.Entre el viejo Isidoro de la clandestinidad que con su carisma y discurso logró arrebatar el peso de la calle a la verdadera oposición al franquismo que había supuesto el PCE y el Felipe González que ahora conocemos, se encuentran tantos quiebros ideológicos que para un servidor resulta ya demasiado complicado poder definir en que punto exacto murió aquel Felipe que se definía así mismo como alternativa para España.Desde la entrada a la OTAN, la renuncia al marxismo, la reconversión industrial fruto de la claudicación entonces igual que ahora a los dictámenes económicos de la UE, pasando por la represión a los sindicatos en el 88, los más de 3 millones de parados en 1993 y las 28 personas asesinadas por los GAL. Felipe González ha terminado representando para la sociedad la ensoñación liberal de que el dinero todo lo puede comprar, incluso las ideologías.Con la oligarquía en Venezuela, conseguidor en Sudán del Sur, capataz en el México de Carlos Slim o señor X en Euskadi. Mil caras para un personaje que a lo largo de su trayectoria ha logrado mantenerse como tótem del socialismo español, sin que por ello tuviese que renunciar a cargos como el de consejero de Gas Natural Fenosa, por el que llego a cobrar 100.00 euros anuales, o el de representante de una mesa de sabios en la UE que bien podrían denominarse como embajadores del liberalismo en Europa.Toda una trayectoria que ha llevado a Felipe a situarse por convicción o por necesidad, al frente de un golpe de mano burgués en el propio partido socialista. La perspectiva de un gobierno con Unidos Podemos parece haber alertado al sistema y con ello a la vieja guardia socialista hasta el punto de ahora si, estar dispuestos a cualquier cosa con tal de encontrar soluciones a un sistema que parece tambalearse irremediablemente.

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